Se nos hizo temprano. Pasé por Lou, mi marido, a su oficina a las 5:30 y a las 6:15 ya estábamos ahí.
Nos paramos en un callejón oscuro, casi a un lado de la calle cerrada donde se encontraba la casa. Lou se bajó a “echarme aguas” (no me caracterizo por ser muy ducha al volante). Y con eso de que la calle estaba tan apretada, tuve que estacionar el coche casi rayando el costado derecho con la pared.
El rumbo y el tipo de gente que pasaba por la calle me dieron un poco de miedo. Gracias a la paranoia con la que vivimos en esta ciudad, decidí que lo mejor era bajarnos del coche y adelantar nuestra visita. Total, Doña J seguro tenía un lugar donde pudiéramos esperar… a salvo.
Estaba oscureciendo cuando empezamos a caminar hacia la calle cerrada donde nos esperaba Doña J. Pasamos junto a una patrulla y los policías nos saludaron (extrañamente, no me sentí mejor. De hecho tuve un súbito impulso de caminar más rápido). Apreté la mano de mi marido fuertemente porque de pronto sentí escalofríos. ¿Quieres que nos vayamos? – Me preguntó Lou. “Ya estamos aquí. Mejor vamos y a ver qué pasa”.
Mi “asuntito” con Doña J se remonta al mes de Diciembre, porque desde entonces no me había sentido muy bien. Hace algunas semanas, mientras me tomaba unas merecidas vacaciones, sufrí un ataque de ansiedad. Empecé a experimentar una angustia intensa y sentir que la que pensaba no era yo. Al día siguiente, palpitaciones, dolor en el pecho, sentimiento de opresión que me impedía respirar a mis anchas. Y por la noche, se ponía peor. Mi marido decidió llevarme al doctor. Me revisaron e hicieron un electrocardiograma. El doctor dijo que mi corazón estaba bien. Todos los síntomas eran causados por mis nervios, por el estilo de vida que suelo llevar. Me recetaron tranquilizantes, pero no quise tomarlos. Y de pronto comencé a sentirme mejor. El problema fue que dos semanas más tarde, tuve un segundo episodio de ansiedad, de peor intensidad que el primero.
Cansada de tomar medicinas y más medicinas, decidí probar la medicina alternativa. Mi prima, Escritora Sexy, me recomendó a Doña J. Es una terapeuta invidente, que según dicen, hace maravillas con acupuntura y masajes.
Doña J me dio cita para el jueves a las 19:30 hrs. Y ahí estábamos Lou y yo, tocando a su puerta con más de una hora de anticipación. Yo, con un poco de miedo. Lou, cuidándome y acompañándome como siempre.
Tocamos el timbre. Doña J nos recibió y nos hizo pasar a su sala. Tendríamos que esperar hasta la hora de mi cita porque tenía otros pacientes.
En la sala, estaba sentado un señor de unos 50 años que hablaba por celular sobre muestras y materiales de laboratorio. Al otro sillón, el clásico “Love Seat” (entendí porqué lo llamaban así hasta que compré mi sala) le faltaba un cojín. Así es que Lou y yo, nos sentamos como pudimos en el asiento que quedaba entero. Junto a nosotros había un refrigerador, una televisión antiquísima (casi, casi de bulbos) colocada junto a una pantalla de plasma de mucho mayor tamaño y un aparato multifuncional para hacer ejercicio, de esos que venden por televisión. En la mesita del centro había una escultura de tortuga, con una concha que asemejaba una máscara decorada con pedrería de fantasía.
El señor del celular colgó de pronto y comenzó a trabajar en su lap-top. Puso música tristísima que sumada a la luz blanca y escasa de los focos, contribuyó a mi estado emocional triste-preocupado.
Frente a nosotros había una puerta con labrados rojos de madera: dos patos y una luna. ¿A dónde llevará esa puerta? ¿En qué lío me metí? – Pensé de pronto. ¿Y si algo malo nos pasa? ¿Si nos asaltan saliendo de aquí? Para aumentar mi preocupación, Lou, que siempre utiliza jeans y playera para ir a trabajar, ese día iba vestido de traje y corbata, bien peinado, guapísimo. “No, pues ni cómo ayudarme. Nadie me va a creer que somos pobres y no tenemos nada que dar”.
Mientras apretaba cada vez más fuerte la mano de Lou me preguntaba a mi misma: “¿Será buena opción la terapia alternativa? ¿Y si mejor salimos corriendo? De pronto, se abrió la puerta principal y entró Doña J. Usaba lentes oscuros y a pesar de su ceguera, se movía en la casa como pez en el agua. Como si su tercer ojo tuviera mejor vista que los de Lou y los míos juntos.
“Pásense por acá. Ya los atiendo” – dijo Doña J.
Lou y yo nos levantamos y tomados de la mano, la seguimos.
Doña J abrió la puerta de un cuartito y nos invitó a pasar. Aún tomada de la mando de mi marido y con el corazón un poco acelerado, cerré los ojos y entré...
Continuará…

Por favor no me dejes así!!!!!!!!!!!!!!!! Qué te dijo, qué pasó? Qué toca hacer ahora? Supongo que no los asaltaron y que están bien. Eso quiero pensar, dime que sí. Sí?
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