diciembre 21, 2009

De mole y otras exquisiteces

¿Alguna vez les he contado que tengo una obsesión por el mole? Sí, soy mexicana de hueso colorado. Una de tantas que aman los frijoles, el arroz, los nopales, las tortillas… y por supuesto, el mole en todas sus presentaciones: con pollo, en enchiladas, en hojaldras y muy recientemente: ¡en romeritos!

Y precisamente, hablando de romeritos, cuando era niña me preguntaba por qué las personas querrían comer esas cositas verdes con mole que mi abuela se tardaba tanto en preparar. Recuerdo que primero los limpiaba varita por varita, después los cocía, exprimía y finalmente les agregaba el mole y el camarón seco. Mi abuela tardaba horas en preparar los 8 ó 10 kilos de romeritos que se cenarían en la cena Navideña y el festejo del Año Nuevo. Eso sí, considerando siempre que quedara un poquito para el famosísimo “recalentado” del 25 de diciembre y 01 de enero.

El punto es que los romeritos nunca se me habían antojado ni siquiera un poco. Durante mis 26 veranos y 26 inviernos, no había querido probarlos. Hasta la semana pasada que, en el comedor había dos opciones de plato fuerte: cerdo glaseado o romeritos con tortitas de camarón. Como definitivamente el cerdo prefiero omitirlo de mi dieta (no lo digiero fácilmente) y tomando en cuenta mi obsesión por el mole (surgida hace unos 5 años, cuando me hice consciente de la explosión sensorial que comerlo implica para mí), decidí seleccionar los romeritos. Y los amé. Con la misma locura y desenfreno con la que amo el mole en todas sus presentaciones.

Y es que el mole es artesanal en cualquiera de sus variedades. Hacer mole a la antigüita va desde tostar diferentes variedades de chiles y semillas como cacahuate o almendra, molerlos, mezclarlos con especias como clavo y pimienta, jitomates asados y chocolate hasta obtener la consistencia espesa que es clásica de este platillo.

El mole sabe a México porque al comerlo no sólo se degusta la mezcla de los ingredientes en el paladar. En cada cucharada de mole se saborea el legado cultural de nuestros antepasados, siglos de tradición y costumbres, cultura gastronómica e historia. En cada bocado de mole nos comemos un pedacito de nuestro país, ¡y qué rico sabe México!

2 comentarios:

  1. Deberíamos aprender a hacerlo como lo hacía la abuela, no? Yo digo que hagamos una sesión de Primos al grito de Mole! ¿Cómo ves?

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  2. Yo me apunto. No hay mejor mole que el que sabe a la Abuelis.

    Beso!!!

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