Hace algunas semanas se celebró una de mis fiestas favoritas: Halloween-Día de Muertos. Estas dos fiestas tan diferentes, están tan unidas como México a Estados Unidos. Una seguida de la otra e incluso empalmadas, ya que las personas festejan los tres días, 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre, sin distinción.
En lo personal, durante tres días, como pan de muerto, visito el mercado de San Bartolo. Le guiño el ojo frente al altar de muertos a las fotos de las personas que quiero y que ya no están físicamente conmigo.
Esta ocasión fue diferente: no fui al mercado de San Bartolo. Este año, no disfruté del olor a mirra e incienso mezclado con chocolate y azúcar. Tampoco me deleité viendo los puestos coloridos, del papel picado con figuras bien delineadas. No compré la última versión de las grabaciones con sonidos de puertas que rechinan y risas malévolas ni compré calaveritas de azúcar, flores de cempasúchil o calacas de papel maché.
Este año tampoco me disfracé. Pero sí me di cuenta del origen de mi gusto por estas festividades. Amo el día de muertos, con sus clásicos olores y la sátira que lo caracteriza, aunque por otro lado, la muerte en sí, me provoca un sentimiento de soledad y melancolía.
Como buena mexicana, me burlo de la muerte refiriéndome a ella con nombres populares como “la Parca”, “la Flaca”, “la Huesuda”. Me la como a mordidas en sus versiones de azúcar y chocolate. Le canto versos populares que la hacen menos tenebrosa y más humana. Y todas estas tradiciones y costumbres me encantan, porque al poder seguirlas, me lleno de vida. Al reírme de la muerte, alejo los sentimientos que evoca en mí.
Por eso, cada año festejo el día de muertos. Y me siento más viva que nunca.
En lo personal, durante tres días, como pan de muerto, visito el mercado de San Bartolo. Le guiño el ojo frente al altar de muertos a las fotos de las personas que quiero y que ya no están físicamente conmigo.
Esta ocasión fue diferente: no fui al mercado de San Bartolo. Este año, no disfruté del olor a mirra e incienso mezclado con chocolate y azúcar. Tampoco me deleité viendo los puestos coloridos, del papel picado con figuras bien delineadas. No compré la última versión de las grabaciones con sonidos de puertas que rechinan y risas malévolas ni compré calaveritas de azúcar, flores de cempasúchil o calacas de papel maché.
Este año tampoco me disfracé. Pero sí me di cuenta del origen de mi gusto por estas festividades. Amo el día de muertos, con sus clásicos olores y la sátira que lo caracteriza, aunque por otro lado, la muerte en sí, me provoca un sentimiento de soledad y melancolía.
Como buena mexicana, me burlo de la muerte refiriéndome a ella con nombres populares como “la Parca”, “la Flaca”, “la Huesuda”. Me la como a mordidas en sus versiones de azúcar y chocolate. Le canto versos populares que la hacen menos tenebrosa y más humana. Y todas estas tradiciones y costumbres me encantan, porque al poder seguirlas, me lleno de vida. Al reírme de la muerte, alejo los sentimientos que evoca en mí.
Por eso, cada año festejo el día de muertos. Y me siento más viva que nunca.
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