Como parte de mi espiral de mala suerte, hace dos sábados casi pierdo la cabeza. No por un hombre, ni por el agobiante trabajo, sino porque me golpeé la cabeza muy fuerte con la esquina de una caja de metal. Sí, una de esas que guardan los interruptores de la luz. El golpe me lo di un poco arriba de la frente, a la altura del ojo derecho. No sangré, pero eso sí, me salió un gran chipote que punzaba intermitentemente.
Cuando llegué a casa, mi mamá me dijo “ponte limón con azúcar”.
Eso me recordó mi infancia. Cuando jugaba debajo de los muebles y los golpes en la cabeza eran mucho más frecuentes. Recuerdo a mi abuelita, exprimiendo limones, mezclando el jugo con azúcar y haciendo una pasta que me ponía en el lugar del golpe. Nunca supe realmente si era por la mezcla o por el cariño de mi abuela sobando el golpe, pero el dolor y el chipote realmente desaparecían.
En esta ocasión, no me puse limón con azúcar. Pero de pronto caí en la cuenta de por qué a pesar del golpe, los chipotes de mi infancia son dulces recuerdos.
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