A veces siento como si aún viviéramos en la era de la Revolución Industrial. Trabajando jornadas largas, haciendo trabajos extenuantes. Nada más que mi chamba, en vez de ser física, es intelectual. Muchas personas no comprenden cómo es que el trabajo intelectual cansa. “Pero si todo el día te la pasas sentada frente a la computadora. ¿De qué te cansas?” – les gusta preguntar. Mi exterior sonríe, mientras mi cerebro – mi hámster, como le llamo de cariño – ni siquiera chista. Está agotado por las miles de conexiones neuronales que hizo durante el día.
¡Pero si pensar no es tarea fácil! Si todos pudieran hacerlo - y hacerlo bien - yo no estaría aquí. No me pagarían por hacer lo que hago. Y sencillamente, yo no estaría cansada. ¿A poco para cansarse uno necesita cargar cajas, caminar largas distancias o andar de arriba para abajo? ¡Qué percepción tan rara esa de creer firmemente que el trabajo intelectual no es fatigante! Ni modo. Gajes del oficio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario