julio 20, 2009

Mis 26 veranos

A mi abuela.

Mis primeros 26 veranos. Normalmente las personas cuentan su edad en primaveras. Pero yo nací en el cálido y lluvioso mes de Julio. Así es que fue el verano quien me dio la bienvenida a esta montaña rusa que llamamos vida.

Hace 26 veranos dejé el templado y cómodo vientre de mi madre y por primera vez, lloré. Llené mis pulmones de aire y grité con fuerzas. ¿Quién era ese hombre que me estaba alejando de mamá? De la protección y el bienestar, del cariño y ternura… de todo lo bueno que alguien con sólo 30 segundos de vida conoce.

No he dejado de llorar desde entonces. Aunque no todos los llantos han sido malos. Lágrimas de tristeza, preocupación, dolor, rabia, frustración… pero también lágrimas de alegría, satisfacción, amor, risa. Esas gotas de agua salada que con sus escasos mililitros nos lavan el alma y el corazón, son una constante en la vida de las personas. Nos hacen más humanos, menos de piedra o de cartón.


Este fin de semana cumplí mis 26 veranos… y si, lloré. No fueron lágrimas felices. Tampoco lloré porque me hayan salido tres canas. No. A fin de cuentas, las canas son cabellos que dejaron de ser tontos. O al menos eso me gusta creer. No lloré porque cuando me miré al espejo, vi dos que tres arrugas que están totalmente fuera de lugar.


Lloré porque tengo un hueco, de esos que duelen y que intentamos tapar con recuerdos, fotografías, cartas. A veces el hueco es más grande, a veces duele más. Ese hueco es mi abuela. Nos dejó hace un año, justo un día después de mis 25 veranos. Estaba enferma, sin fuerzas. Su alma dejó ese traje viejo y remendado y huyó a lado de mi abuelo. Para renovarse juntos. Y yo me quedé aquí… añorando sus abrazos, recordando su sazón. Pero no me dejó sola. Me hizo un regalo secreto, que nadie sabe y nadie conoce. Sólo yo. Y él. Mi Cómplice.


Este fin de semana, me faltó mi abuela. Y se abrió el hueco... me sentí sola. Me hizo falta su sonrisa y su abrazo y su voz. Y lloré. Pero no como el día en que nací, a grito limpio, a todo pulmón. No. Lloré quedito. Sentada en una esquina, cuidando que nadie me escuchara. Y después me calmé. Recordé que no le gustaba verme llorar y que ahora ella está mejor, que me cuida desde algún lado. Y entonces sonreí. Porque cumplía 26 veranos, porque me faltan muchas cosas por hacer, por vivir… y también por llorar.


Este no es un blog triste. Es sólo que una vez al año, cuando se acumulan más veranos en mi cuenta… recuerdo… y lloró por lo que tuve. Y después sonrío por lo que tengo. Y agradezco que, aunque sea de lejos, mi abuela siempre esté presente.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario