Cuenta la leyenda que existían 7 días de la semana. Todos eran buenos amigos y compartían todo lo que tenían. Un día, Dios les dijo a los días que tenían que ordenarse para formar una “semana", que de ahora en adelante sería una medida de tiempo en la vida del hombre. Esta situación despertó en Lunes su carácter egoísta. De pronto, se abalanzó hacia Dios y le dijo “Yo quiero ser el primero. Los otros 6 pueden acomodarse como quieran”. Entonces Dios le dijo “Bien. Tú serás el primero. Pero por tu egoísmo, yo te condeno a que las personas no quieran llegar a ti. Serás un día que invite a la holgazanería y del cual las personas siempre querrán escapar”
Y así es. Odio los lunes. Nací un lunes, pero aún así, me parece un día que si pudiera, evitaría. Mi semana empezaría los martes, porque yo los lunes, no circulo. Seguramente es por la maldición. O quizás se debe a que por alguna misteriosa razón los domingos no puedo conciliar el sueño. Y aunque lo logre, de todas maneras no puedo descansar. Así es que me levanto a la misma hora de siempre, 5:30 de la mañana. Sigo la rutina de nunca acabar: tomo una ducha, intento disimular la falta de sueño con un poco de maquillaje, me recojo el cabello y tomo una enorme taza de café.
Manejo en calidad de zombi hasta el trabajo y a las 6:50 a.m. ya pueden verme tecleando en mi laptop, checando correos y pendientes que los adictos al trabajo me enviaron durante el fin de semana. ¡Qué gente! ¿No se cansarán? ¿No tendrán a algún familiar o persona especial con la que quieran pasar su tiempo libre? ¿O quizás no son suficientemente productivos en las horas laborales por lo cual su conciencia les obliga a trabajar durante el fin de semana a modo de penitencia? Lo que sea.
Heme aquí, en lunes… con unas enormes bolsas debajo de los ojos y unas profundas ojeras que me hacen lucir 10 años más vieja. El tiempo pasa tan lento como le es posible. Pareciera que el reloj avanza 5 segundos y regresa 3. Al estilo de "gallo, gallina, pollito".
Me paso el día evitando a toda costa caer en los brazos de Morfeo. Resistiendo la tentación de esconderme debajo del escritorio y tomar una siesta. Y sobre todo, intentando que la flojera salga de este cuerpo chambeador que tantas cosas tiene por hacer.
Hago como que trabajo y el patrón hace como que me paga. Tenemos una relación simbiótica. O quizás es más bien masoquista. Él me paga poco. Y yo me quejo de eso todo el tiempo. No trabajo poco, porque mi sentido de la responsabilidad no me dejaría dormir por las noches (además del domingo, no pretendo estar cansada el resto de la semana) y por si fuera poco, soy demasiado compulsiva, controladora y ñoña como para hacerlo. Así es que el único mecanismo de autodefensa que me queda es la constante y fastidiosa queja. De esas quejas que son como un zumbido de mosquito a las 3 de la mañana.
Ya casi deja de ser lunes. Al menos “lunes laboral”… A partir de las 4:30 puedo huir a casa. Aunque casi siempre dan las 5 antes de que me autolibere de mis labores forzadas.
Hoy me iré temprano. Bueno, no realmente “temprano” sino a la hora justa de salida. Ese sólo pensamiento me alegra y me llena de energía.
Y me digo a mi misma: “Lo mejor de todo, es que mañana… mañana YA NO es lunes”
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